Mercedes, la ciudad donde la historia argentina se mira al espejo

Hay ciudades que acompañan la historia. Y hay otras que, sin proponérselo, la condensan. Mercedes parece estar en este segundo grupo. A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976, la ciudad vuelve a quedar en el centro de una lectura incómoda pero inevitable: en su territorio nacieron figuras que encarnan extremos opuestos del poder argentino, como Jorge Rafael Videla y Eduardo “Wado” de Pedro.
No se trata de una casualidad menor ni de un dato anecdótico. Videla, jefe de la dictadura y responsable de uno de los períodos más oscuros del país, nació en Mercedes en 1925. Medio siglo después, también en Mercedes, nacía Wado de Pedro, hijo de desaparecidos, cuya historia personal quedó atravesada por ese mismo terrorismo de Estado. La superposición es brutal. Y dice más de lo que parece.

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En esa distancia entre dos biografías se juega algo más profundo que una coincidencia geográfica. Se juega una tensión que atraviesa a la Argentina desde hace décadas: la disputa por el sentido de la memoria, el rol del poder y la forma en que una sociedad procesa su pasado. En Mercedes, esa discusión no es teórica. Tiene nombres, historias familiares y una carga emocional que reaparece cada 24 de marzo.
Pero la ciudad suma otra capa a ese mapa. También fue cuna de Héctor J. Cámpora, presidente en 1973 y figura clave en el retorno del peronismo. Es decir, en Mercedes confluyen tres momentos decisivos de la historia política argentina: la apertura democrática de los años setenta, la ruptura institucional del golpe y la etapa posterior donde la memoria se volvió un eje central del discurso político.
Esa densidad no convierte a Mercedes en un centro permanente de poder. No lo es. Pero sí la ubica en un lugar singular: una ciudad donde, cada tanto, aparecen figuras que terminan ocupando lugares determinantes en la historia nacional. Y, sobre todo, una ciudad donde esas historias no dialogan en abstracto, sino que conviven, se superponen y generan una tensión que no termina de resolverse.
Por eso, a 50 años del golpe, la pregunta no es solo qué pasó en la Argentina, sino también cómo se vive esa memoria en lugares concretos. En Mercedes, esa memoria tiene una particularidad: no queda lejos. Está inscripta en la identidad local, en las conversaciones, en los silencios y en las posiciones que todavía hoy dividen.

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No es una batalla explícita. No hay dos bandos visibles enfrentándose todos los días. Pero hay una disputa de fondo que sigue presente: cómo se recuerda, qué se pone en primer plano y qué se discute cuando se habla del pasado. En ese sentido, Mercedes funciona como un espejo. No de sí misma, sino del país.
Y como todo espejo, no siempre devuelve una imagen cómoda.
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