Las últimas 24 horas antes del golpe: violencia, interna peronista y derrumbe final del gobierno de Isabel

Las últimas horas del gobierno de María Estela Martínez de Perón no pueden entenderse solo como el desenlace de una administración débil. Para cuando llegó la madrugada del 24 de marzo de 1976, la Argentina venía atravesando una combinación explosiva de crisis económica, vacío de autoridad, violencia política y enfrentamientos internos que habían dejado al gobierno prácticamente sin capacidad de reacción.
En ese cuadro, el papel de José López Rega resulta central. Ministro de Bienestar Social, hombre de extrema confianza de Isabel Perón y una de las figuras más oscuras de la época, acumuló poder político mientras el gobierno se deshilachaba. Su nombre quedó asociado al armado y protección de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, una estructura parapolicial de ultraderecha que persiguió, secuestró y asesinó a militantes, intelectuales, sindicalistas y referentes políticos. La violencia paraestatal ya operaba antes del golpe y formaba parte del clima de terror que envolvía al país.

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A eso se sumaba la feroz disputa dentro del peronismo. Tras la muerte de Juan Domingo Perón, en julio de 1974, el movimiento quedó fracturado entre su ala derecha, ligada a sectores sindicales, burocráticos y al entorno de López Rega, y la izquierda peronista, ya en abierta ruptura con la conducción. Esa interna no fue un detalle, sino uno de los factores que aceleraron la implosión del gobierno. La expulsión política de los sectores juveniles y revolucionarios, la persecución a dirigentes propios y la creciente radicalización de todos los frentes profundizaron un escenario cada vez más ingobernable.
Cuando llegó el 23 de marzo, el gobierno de Isabel estaba aislado. Había perdido respaldo político, arrastraba un desgaste económico enorme y ya no mostraba capacidad para ordenar el Estado ni contener la violencia. En paralelo, las Fuerzas Armadas terminaban de coordinar el operativo que pondrían en marcha durante la madrugada siguiente. El golpe no fue una reacción improvisada, sino la culminación de un proceso en el que el poder civil llegaba exhausto y los mandos militares ya se movían con la convicción de que no encontrarían resistencia efectiva.

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En esas horas finales, la residencia de Olivos fue el escenario del derrumbe definitivo. Isabel Perón permanecía prácticamente sin margen político y rodeada de un clima de final anunciado. No hubo capacidad real de movilización en defensa del orden constitucional ni un dispositivo estatal dispuesto a enfrentar el avance militar. El poder ya se había vaciado antes de la irrupción formal de la Junta.
Durante la madrugada del 24 de marzo, las Fuerzas Armadas ocuparon puntos estratégicos, controlaron las comunicaciones, desplazaron a las autoridades y detuvieron a la presidente. Con ese operativo se abrió una dictadura que luego desplegaría un plan sistemático de secuestro, tortura, desaparición y exterminio a escala nacional.
Mirar aquellas últimas 24 horas obliga a escapar de las simplificaciones. El golpe no nació solamente del cuartel. También fue posible por el derrumbe de un gobierno sin conducción, por una interna peronista devastadora, por la violencia de las organizaciones armadas y por el accionar criminal de la Triple A al amparo del propio Estado. Nada de eso justifica lo que vino después, pero sí ayuda a entender cómo la Argentina llegó al borde del abismo antes de caer en la noche más larga de su historia.

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