Fiestas clandestinas, alcohol y falta de control: una noche paralela que crece lejos de la ciudad

Las denominadas fiestas clandestinas dejaron de ser episodios aislados para transformarse en un fenómeno cada vez más frecuente en Mercedes. Lejos del casco urbano y fuera de cualquier tipo de fiscalización estatal, estos eventos se organizan en quintas, campos o sectores rurales con un objetivo claro: evitar controles municipales y reducir la visibilidad pública.
La modalidad se repite. Las convocatorias circulan mediante invitaciones privadas por WhatsApp, donde se difunde la ubicación pocas horas antes del inicio. En muchos casos, la entrada se paga por adelantado, incluso en locales comerciales del centro de la ciudad, lo que evidencia un nivel de organización que excede ampliamente una simple reunión entre jóvenes. Algunos asistentes aseguran además la presencia de seguridad privada contratada para controlar accesos y evitar registros o filmaciones.

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El traslado hacia zonas cada vez más alejadas no parece casual. La distancia reduce las posibilidades de inspecciones, minimiza denuncias por ruidos molestos y dificulta cualquier intervención inmediata. El resultado es un ámbito sin controles sanitarios, sin habilitaciones, sin límites horarios y sin regulación sobre el expendio de alcohol.
Quienes frecuentan estos encuentros describen consumos elevados de bebidas alcohólicas y señalan también la presencia habitual de drogas, una situación que, de confirmarse, agrava aún más el escenario. En espacios aislados, de madrugada y con escasa o nula supervisión adulta, el contexto se vuelve propicio para situaciones de violencia, accidentes o emergencias médicas.
La pregunta que inevitablemente surge es hasta qué punto las autoridades desconocen lo que ocurre. La logística necesaria para organizar eventos con cientos de personas, venta anticipada de entradas y movimientos masivos hacia zonas rurales difícilmente pase inadvertida. Vecinos y sectores vinculados a la nocturnidad plantean que el fenómeno existe desde hace tiempo y que su crecimiento coincide con una ausencia sostenida de controles efectivos.

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El debate excede lo policial. También interpela el perfil de ciudad que Mercedes pretende construir. Mientras se promueven actividades familiares, turismo gastronómico y propuestas culturales formales, en paralelo crece una nocturnidad informal que funciona por fuera de cualquier norma y que concentra riesgos cada vez mayores.
Los recientes episodios de violencia asociados a este tipo de encuentros volvieron a poner el tema sobre la mesa. No se trata únicamente de fiestas ilegales, sino de un circuito nocturno que opera sin regulación, sin responsabilidades claras y con consecuencias que, cuando aparecen, ya resultan imposibles de revertir.
La discusión, entonces, ya no pasa solo por prohibir o permitir. La cuestión de fondo es si el Estado local tiene capacidad —o decisión— de intervenir antes de que estos espacios vuelvan a convertirse en escenario de hechos graves. Porque detrás de cada madrugada sin control emerge una pregunta incómoda: ¿es este el modelo de convivencia urbana que Mercedes está dispuesta a naturalizar?

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