Hace 12 años habían advertido que Bahía Blanca enfrentaba alto riesgo de inundaciones

La catástrofe que azota actualmente a Bahía Blanca no tomó por sorpresa a la comunidad científica argentina. Un minucioso estudio sobre hidrografía urbana publicado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en 2012 había anticipado con preocupante precisión la vulnerabilidad del municipio bonaerense ante fenómenos pluviales extremos, situación que se materializó trágicamente con las recientes inundaciones que han cobrado al menos diez vidas y obligado a evacuar a numerosas familias.

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La investigación, que cobra renovada relevancia ante los acontecimientos actuales, identificaba factores geográficos determinantes en el riesgo hidrometeorológico de la ciudad. La ubicación de Bahía Blanca en la cuenca inferior del canal Maldonado y del arroyo Napostá la convierte en un punto crítico para la acumulación acelerada de agua durante precipitaciones intensas, problema que se ve exacerbado en áreas con escasa pendiente donde el sistema de drenaje natural resulta insuficiente.

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Según detallaba el informe científico, el proceso de erosión en calles sin pavimentar de zonas elevadas genera un arrastre de sedimentos que, al depositarse en sectores bajos, obstruye progresivamente los sistemas de desagüe. Este fenómeno, claramente identificado hace más de una década, dificulta significativamente el correcto escurrimiento del agua durante episodios de lluvias copiosas, creando condiciones propicias para inundaciones como la que actualmente devasta la ciudad.

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El crecimiento urbano desordenado constituía otro factor de riesgo destacado en la investigación del Conicet. La expansión edilicia y el incremento de superficies impermeables reducen dramáticamente la capacidad de absorción natural del suelo, provocando un aumento considerable del volumen de escorrentía superficial. Esta alteración del equilibrio hidrológico natural, advertían los científicos, compromete gravemente la capacidad de drenaje hacia el mar y potencia la acumulación de agua en las zonas más deprimidas del terreno.
La actual crisis se desencadenó cuando un sistema meteorológico excepcional descargó más de 290 milímetros de lluvia en apenas unas horas sobre Bahía Blanca, un volumen equivalente a lo que normalmente precipita durante casi seis meses en la región. Sin embargo, las condiciones preexistentes identificadas en el estudio del Conicet multiplicaron el impacto devastador de estas precipitaciones sin precedentes.
El panorama actual de la ciudad, con vastos sectores sumergidos por el desbordamiento del canal Maldonado y el arroyo Napostá, servicios públicos paralizados y una creciente crisis humanitaria, refleja la materialización de los riesgos que la comunidad científica había advertido. Las imágenes que circulan muestran calles convertidas en ríos caudalosos, vehículos arrastrados por la corriente y barrios enteros aislados por el agua, confirmando los pronósticos más sombríos de aquella investigación publicada hace doce años.
Esta tragedia plantea interrogantes ineludibles sobre la implementación de políticas preventivas basadas en evidencia científica y la necesidad de incorporar criterios hidrológicos en la planificación urbana, especialmente en un contexto donde el cambio climático incrementa la frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos.

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