Cuando la crítica molesta, aparece el insulto: “caranchos” tras el crimen en el carnaval mercedino

La etiqueta apunta a un objetivo claro: correr el eje. No discutir si hubo fallas, sino desacreditar a quien las señala. No responder preguntas, sino atribuir intenciones. Se intenta instalar que toda crítica es oportunismo, que expresarse ante una tragedia equivale a “hacer política” con el dolor. Pero ese planteo no resiste un análisis básico: cuando ocurre una muerte en un evento público, la discusión no es un capricho ni una jugada. Es una obligación.

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La gravedad del hecho vuelve legítimo, y necesario, que hablen todos: vecinos, organizaciones, periodistas y también referentes políticos, sean oficialistas u opositores, de partidos grandes o espacios locales. Que un dirigente se pronuncie no lo convierte automáticamente en especulador. Puede estar equivocado, puede exagerar o puede acertar, pero tiene derecho a opinar y, sobre todo, el deber de pedir explicaciones si entiende que algo no funcionó. Pretender que el silencio sea la única postura aceptable es una forma de disciplinamiento que empobrece la democracia local.
Además, hay un punto que conviene decir sin vueltas: si ante una muerte la respuesta es “caranchos”, entonces lo único que se logra es cerrar la posibilidad de corregir. Porque lo que debería discutirse es otra cosa. Si el operativo fue suficiente. Si la prevención estuvo a la altura del riesgo. Si se evaluaron antecedentes y escenarios. Si hubo controles efectivos. Si la coordinación entre áreas funcionó. Si el municipio tenía información previa que exigía otro esquema. Y también qué se hace, de manera sostenida, para que los espacios públicos no terminen capturados por la violencia.

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Es comprensible que haya indignación cuando se critica. Pero una gestión no se fortalece blindándose con insultos. Se fortalece con datos, con explicaciones y con decisiones. Y lo mismo vale para quienes cuestionan: si la crítica es seria, tiene que apuntar a hechos, no a chicanas. El debate no debería ser un ring, sino una herramienta para evitar que lo peor se repita.
En una ciudad golpeada, la polarización rápida es tentadora: “están de un lado o del otro”. Pero la realidad es más simple y más dura. Si hubo una falla, hay que identificarla. Si hubo omisiones, hay que asumirlas. Si hubo errores, hay que corregirlos. Y si no los hubo, también hay que demostrarlo con claridad. Lo contrario es alimentar la sospecha y el resentimiento.
No es oportunismo. Es oportunidad. Oportunidad de revisar protocolos, de establecer responsabilidades, de mejorar la prevención y de discutir qué modelo de convivencia se quiere sostener en Mercedes. Una muerte no es un recurso. Es un límite. Y cuando ese límite se cruza en un evento público, el debate no es carroñerismo: es responsabilidad institucional y cívica.

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