Cuando la fiesta tapa el problema: violencia, drogas y la pregunta por la ciudad que viene

En los comentarios que dejaron vecinos al pie de las notas de estos días, apareció una línea de análisis que se corre del reflejo inmediato de exigir más presencia policial. La idea, expresada con crudeza, es que antes de discutir cuántos efectivos faltan, habría que mirar si los chicos tienen escuelas cercanas que funcionen bien, docentes con salarios que permitan sostener el oficio sin desgaste permanente y, sobre todo, si existe un horizonte real de trabajo estable en la ciudad.

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Esa mirada pone en el centro una tensión que no es nueva en Mercedes: durante años, buena parte del movimiento económico local se apoyó en el empleo público y en una red de comercios y servicios que vive de esa circulación. El problema, señalan quienes escriben, es que ese sostén terminó quedando solo, sin un tejido productivo que lo complemente. En ese relato aparece el cierre de talleres y fábricas, la falta de incentivos para radicar nuevas fuentes de empleo y la sensación de que el arraigo se debilitó.
En ese contexto de frustración y falta de perspectivas, el consumo problemático crece como síntoma y como negocio. Lo que se describe en redes no es solo el daño personal o familiar que deja la droga, sino el modo en que se vuelve parte del paisaje: esquinas que cambian de dinámica, circulación de dinero rápido, pibes que entran y salen de pequeños circuitos y una sensación de impunidad que, cuando se instala, termina contaminando todo. El narcotráfico no aparece como un fenómeno abstracto o importado, sino como una economía paralela que se monta sobre la desesperanza y se fortalece cuando el Estado no llega con respuestas consistentes.

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El mismo registro de comentarios también apunta a una denuncia social que divide aguas: el crecimiento de asentamientos precarios en las periferias, el modo en que se fueron consolidando y la percepción de que la política, en distintos momentos, los convalidó y los administró para su propio provecho. Quienes lo plantean no lo describen como una consecuencia inevitable, sino como una elección que, con el tiempo, terminó ampliando la desigualdad y multiplicando los conflictos.
Y vuelve una frase repetida hasta el cansancio: “la educación empieza por casa”, como si todo se pudiese solucionar puertas adentro. La réplica, implícita, es que no alcanza con declamar valores familiares si el contexto empuja en sentido contrario. Si no hay trabajo, si la escuela no logra sostener trayectorias, si la ciudad ofrece poco más que sobrevivir y pasar el día, el resultado puede ser una convivencia más frágil. En ese terreno, la droga encuentra clientes y reclutamiento, crece el delito en todas sus formas, y la violencia encuentra una forma de hacerse visible y de ganar territorio.

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Desde esa perspectiva, la discusión sobre seguridad queda reubicada. Más policías pueden ser necesarios, pero no serían la solución completa. La prevención real, dicen quienes insisten con este enfoque, se juega en lo previo: educación que contenga, empleo que ordene, oportunidades que devuelvan sentido a la vida cotidiana, políticas de salud mental y adicciones que existan de verdad y un combate serio contra las redes que venden y distribuyen, no solo contra el último eslabón.
Los comentarios, en el fondo, muestran una acusación a un modo de gestionar: un municipio que, según esa mirada, pone gran parte de su energía en sostener una agenda de eventos para entretener a una población sin futuro claro, en lugar de encarar el problema estructural de fondo. Es una lectura dura, probablemente discutible en varios puntos, pero revela algo que está creciendo en la calle: el temor de que Mercedes se acostumbre a tapar la crisis con festejos y a medir la calma por la cantidad de espectáculos, mientras el consumo y el delito se expanden por debajo de la superficie.

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El asesinato de Brian Cabrera reabrió todo eso porque mostró el límite de la fiesta cuando el entramado social está debilitado. La ciudad discute seguridad, sí, pero también discute qué modelo económico y qué proyecto de comunidad quiere sostener. Y ahora suma otra pregunta que incomoda todavía más: qué se está haciendo, en serio, para frenar el avance de la droga y para asistir a las familias que ya están viviendo el problema puertas adentro.

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