Violencia, narco e impunidad: ¿conurbanización de Mercedes o de toda la sociedad?
El debate que se abrió en Mercedes después del asesinato ocurrido en los corsos sumó una mirada cruda y con peso propio. Alejandro Cabrejos, comunicador reconocido de la ciudad, publicó una reflexión en la que cuestiona la idea de que la inseguridad sea solo un efecto importado desde el conurbano. Para él, la pregunta central no es si Mercedes se volvió una extensión de los distritos más violentos del Gran Buenos Aires, sino si lo que cambió fue la sociedad completa, al punto de naturalizar dinámicas que antes parecían ajenas.

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Cabrejos recuerda que, mucho antes de este caso, Mercedes ya atravesó hechos graves: menciona oleadas de secuestros extorsivos que no llegaron a hacerse públicos, episodios violentos protagonizados por patotas, asesinatos de jóvenes en celebraciones y robos en horarios insólitos. Con ese repaso busca correr el foco de la explicación automática que atribuye todo a la cercanía con la autopista o a la facilidad de escape. A su criterio, la violencia y el delito no son un fenómeno nuevo, y tampoco se circunscriben a un origen territorial.
En su posteo, además, insiste en un punto incómodo: los protagonistas de muchos de esos hechos han sido mercedinos, y no solo de los barrios alejados del centro. Sostiene que la violencia también atravesó a familias con otro nivel socioeconómico y que no hay un estatus social inmune. Lo que cambia, plantea, es el modo en que se cuenta y se amplifica: cuando los involucrados son pobres, el escándalo trepa rápido a la televisión nacional; cuando el consumo o los delitos se vinculan a sectores con recursos, la repercusión suele diluirse en lo que define como chisme o ruido menor.

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En ese contexto, interpreta que lo ocurrido en el carnaval terminó contaminando la percepción sobre todo lo popular. Advierte que la fiesta quedó bajo sospecha y que la suspensión golpeó especialmente a una celebración con raíz popular, más allá de gustos personales. Incluso plantea que el crimen podría haber ocurrido en cualquier otro ámbito de la ciudad, en cualquier día y a cualquier hora, pero que el corso ofreció el escenario más accesible para encontrar a la víctima indefensa. El lugar, sugiere, fue circunstancial; el problema de fondo es la violencia.
La tesis del comunicador va más allá: afirma que lo que se conurbanizó no es solo Mercedes, sino la sociedad. Con esa idea señala una degradación extendida donde el narcotráfico aparece como eje y donde conviven, en distintos escalones, los que ponen el cuerpo, los que ganan dinero y los que garantizan impunidad. Apunta a la ausencia de políticas reales contra el narco, a la falta de recursos y organización de la policía y a la existencia de acuerdos que habilitan zonas liberadas, con responsabilidades repartidas entre ámbitos del poder político y judicial. En su mirada, el resultado es una cadena: jóvenes usados como mano de obra descartable, consumidores con dinero que sostienen el negocio, enriquecimiento silencioso en sectores altos y una sensación de impunidad que termina empujando a que alguien dispare sabiendo que el sistema rara vez llega hasta arriba.

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En el tramo final del texto, Cabrejos describe un paisaje social que considera cada vez más aceptado: el narco instalado en el medio de la vida cotidiana, una cultura atravesada por consumos y mensajes violentos, precariedad laboral presente y futura, y un contraste permanente entre discursos aspiracionales y una economía real donde muchos quedan fuera. Para él, esa combinación alimenta el deterioro y hace que lo impensado se vuelva posible.
La publicación no pretende clausurar la discusión: busca sacudirla. En un momento en que Mercedes aparece en la agenda mediática nacional por un crimen en plena calle, el posteo propone cambiar la pregunta y mirar el cuadro completo. Si el problema no es solo de “conurbanización” territorial, entonces la salida tampoco se agota en reforzar un operativo o suspender una fiesta. Implica recuperar capacidad de control, perseguir en serio los escalones altos del negocio, sostener reglas y volver a disputar la idea de convivencia antes de que la excepcionalidad se transforme en costumbre.



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