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Mercedinos: Bienvenidos al conurbano

Que Mercedes aparezca en la agenda de los canales porteños con móviles y cronistas, como si fuera una esquina más del Gran Buenos Aires, dejó una marca: la violencia del fin de semana se llevó también una parte de la tranquilidad que dábamos por hecha.
16.02.2026 [+]

Desde ayer hay una imagen que no se va fácil: cronistas de canales de televisión porteños parados en Mercedes, relatando lo sucedido con el mismo tono y el mismo libreto con el que suelen cubrir episodios del conurbano. Es un detalle que, para cualquiera que viva acá, duele más de lo que parece. No es solo la noticia. Es la sensación de haber cruzado una frontera cultural sin darnos cuenta.

Mercedes no se reconoce en ese registro. No porque acá no existan conflictos, robos o peleas, sino porque durante décadas la ciudad sostuvo otra escala de convivencia, otra idea de espacio público. Lo que estalló el fin de semana en un evento masivo y familiar no golpea únicamente por la violencia en sí. Golpea porque rompe un pacto tácito: el de salir a la calle con la confianza de que hay límites, de que hay reglas, de que lo común se respeta.

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Lo que se vio no fue solamente un hecho policial. Fue una postal de hábitos que muchos mercedinos sienten ajenos: la pelea que escala en segundos, la exhibición de fuerza como modo de imponerse, el “total no pasa nada”, el correr para salvarse en medio de una fiesta. Ese tipo de escenas suelen aparecer en pantallas cuando hablan de distritos grandes, tensos, con una conflictividad instalada. Verlas acá provoca una mezcla amarga de miedo, bronca y vergüenza. Y, sobre todo, una tristeza difícil de explicar: la de sentir que la ciudad cambió de identidad.

En los últimos veinte años Mercedes se transformó. Creció, se extendió, aumentó la circulación, se volvió más compleja. Eso es esperable. Lo que no es inevitable es que esa complejidad se gestione con desorden. La diferencia entre una ciudad que crece y una ciudad que se degrada está en la presencia real del Estado y en la coherencia de sus decisiones. No se trata solo de patrulleros: se trata de prevención, de reglas claras, de control en eventos masivos, de respuesta rápida, de sanciones concretas y de un mensaje sin ambigüedades sobre lo que se tolera y lo que no.

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Hay un riesgo silencioso que aparece cuando la conmoción baja: naturalizar. Adaptarse. Empezar a decir “y bueno, ahora es así”. Ese es el paso que vuelve irreparable cualquier retroceso. Porque después vienen las conductas defensivas: familias que dejan de ir a eventos, comerciantes que trabajan con miedo o pierden mercadería, organizadores que se resignan a blindar todo con vallas, vecinos que evitan el centro de noche. Y así, de a poco, la ciudad se encoge y la vida comunitaria se empobrece.

¿Es irreversible? No necesariamente. Pero tampoco se revierte con discursos para la foto ni con medidas pensadas solo para apagar el incendio del momento. Se revierte con decisiones sostenidas: planificación seria para eventos, controles razonables y respetuosos en accesos, coordinación efectiva entre municipio, provincia, fuerzas de seguridad y justicia, seguimiento de antecedentes, y un compromiso público de no mirar para otro lado cuando el conflicto aparece antes de que explote.

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La escena de los móviles porteños debería funcionar como alarma. No porque importe la mirada ajena, sino porque refleja algo que los mercedinos ya venían percibiendo y ahora se volvió imposible de negar: que ciertos códigos se instalaron y están disputando el sentido de lo que Mercedes quiere ser.

La pregunta, entonces, no es si “nos volvimos conurbano” como provocación de sobremesa. La pregunta real es si vamos a aceptar esa etiqueta como destino o si, de una vez, vamos a defender la ciudad que creemos que todavía se puede cuidar. Porque lo peor que podría pasar, después de una sensación tan horrible, es que el espanto dure un día y la resignación dure años.

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