Mercedes: la ciudad que no queremos perder

El asesinato de Brian Cabrera durante una de las noches de carnaval marcó un antes y un después. No fue un hecho aislado en la periferia ni un episodio lejano. Ocurrió en el corazón de la ciudad, en un espacio que históricamente estuvo asociado a la celebración familiar, al encuentro entre vecinos, a la música y a la alegría compartida. La violencia armada irrumpió allí donde generaciones crecieron creyendo que podían caminar sin miedo.
El impacto no es solo judicial ni policial. Es cultural. En los últimos años se ha ido instalando en distintos ámbitos una lógica que naturaliza la agresión, el desprecio por la norma, la ostentación de la violencia como forma de identidad. Esa subcultura, ajena a la tradición mercedina de respeto, trabajo y convivencia, empezó a ganar terreno en espacios públicos que antes eran símbolo de integración.

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Mercedes no fue nunca una ciudad ingenua. Siempre tuvo conflictos, tensiones y diferencias. Pero también tuvo reglas claras, límites sociales compartidos y un acuerdo tácito sobre cómo vivir en comunidad. El problema no es la diversidad ni el cambio. El problema es cuando se pretende imponer un modo de vida basado en la intimidación y el atropello, desplazando los valores que dieron forma a la identidad local.
Hoy la discusión es más profunda que la continuidad o suspensión de un evento. Es una discusión sobre el modelo de convivencia. Hay dos caminos posibles. O quienes no respetan las reglas básicas de la vida en sociedad comprenden que deben adaptarse a las normas que históricamente sostuvieron la paz social en Mercedes, o será el resto de la comunidad quien termine resignándose a aceptar como normal lo que antes era inaceptable.
La resignación no puede ser la salida. No puede naturalizarse que un festejo popular termine con un joven muerto. No puede asumirse como inevitable que la violencia se adueñe de los espacios públicos. Si eso ocurre, la ciudad que conocimos empieza a desdibujarse.
En este punto, el rol de las autoridades municipales es determinante. No alcanza con declaraciones ni con gestos simbólicos. La comunidad necesita señales claras sobre cuál es el rumbo elegido. ¿Se va a defender sin ambigüedades un modelo de convivencia basado en la ley y el respeto? ¿O se tolerará, por acción u omisión, la consolidación de prácticas que erosionan la vida comunitaria?

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Las autoridades deben explicitar qué camino han decidido tomar. Porque de esa definición depende saber a quién representan en realidad: si a la mayoría silenciosa que quiere recuperar la tranquilidad y la confianza en el espacio público, o a quienes avanzan imponiendo miedo como forma de presencia.
La muerte de Brian Cabrera no puede quedar reducida a una estadística ni a una causa judicial más. Es un punto de inflexión. Mercedes está ante una elección colectiva. Y la comunidad tiene derecho a exigir que se defienda la ciudad que durante décadas supo ser.

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