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Mons. Jorge Eduardo Scheinig: Carta Pastoral al Pueblo de Dios

En una carta abierta el Arzobispo de Mercedes-Luján nos ofrece algunos conceptos con motivo de la Cuaresma y Pascua, en el Año Mariano Nacional.

22 de Febrero de 2020 • 17:33

Por Mons. Jorge Eduardo Scheinig:

María, fuente de inspiración para nuestro estilo de Iglesia

En mi primer Carta Pastoral que titulé “Al ritmo del Espíritu del Señor”, que es como una carta programática de este primer tiempo de mi servicio pastoral, les proponía “Un estilo de Iglesia”, (n° 64 al 73), e inmediatamente, en el punto siguiente, les hablaba de “María la Madre del Señor y nuestra Madre” (n° 74 al 78).
Teniendo en cuenta lo allí dicho, en esta breve Carta que les dirijo en el tiempo de la Cuaresma y la Pascua y con motivo del Año Mariano Nacional, deseo invitarlos a re-descubrir, que ser cristianos implica un modo de relacionarnos con Dios, con los otros, la realidad y uno mismo y que María es una fuente de inspiración para nuestro modo de vincularnos, tan necesario para una real conversión en este tiempo de la historia.

En los Evangelios, María está prácticamente en silencio, es muy poco lo que dice y sin embargo no se trata de alguien ausente, todo lo contrario, es alguien muy activo, pero desde otro lugar al que nosotros estamos habituados a estar presentes en la vida cotidiana.

Inspirándome en ella, les propongo tres puntos para la reflexión personal y comunitaria que nos ayuden a crecer en nuestro modo de ser cristianos y de ser Iglesia, que sin duda es una manera de caminar juntos y ciertamente, no cualquier forma de relacionarnos nos favorece. Y le reitero la invitación que ya les hice en la Carta Pastoral.
Tomo solo algún aspecto de un tema importante y amplio como es el tema de nuestro mundo vincular y de la comunicación, ustedes sabrán seguir reflexionando sobre otros tantos aspectos sin duda necesarios.

1. Escucha atenta

“El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús…” ( Lc 1,28-31)

En sí mismo, el silencio no es precisamente un bien, de hecho hay silencios cómplices, dañinos, que usamos para evadirnos, para no enfrentar, para falsear. Pero sin duda, hay un silencio bueno, sano y esencial. Un silencio que es necesario para generar el clima que requiere una relación profunda con el otro. A los vínculos superficiales, el ruido le es funcional, ayuda a quedarse en lo periférico, a los profundos, el silencio es la atmosfera imprescindible para la escucha atenta, que es la primera actitud que nos hace recibir al otro con total disponibilidad.
En el texto de la Anunciación, (Lucas 1,26-38), María está en silencio, habla muy poco, diríamos que dice lo justo, sin excesos, pero antes de pronunciar palabra, escucha. El silencio interior y seguramente el exterior de su casa, la ayuda a una escucha atenta. Lo hace en medio de la vida cotidiana y no en un lugar especialmente preparado para la experiencia de lo sagrado como podría ser un templo. Allí en su casa y en los quehaceres del día, dirige toda su atención y se concentra en lo que le dice el mensajero de Dios. Su casa es el mismo Dios el que la convierte en el lugar sagrado para escucharlo nada menos que a Él, Su Señor.

La atención y la concentración, son la expresión de una persona con infinita capacidad de amor. Diría que a mayor atención y concentración en el otro, en lo que el otro dice y cómo lo dice, está el secreto de un corazón que se agranda para guardar la presencia misteriosa del otro ser que en el caso de María, es el mismísimo ser de Dios. En nuestro caso, estamos invitados a escuchar con atención al otro: la esposa, el esposo, el hijo, la hija, la madre, el padre, el hermano, el pobre, el enfermo, mi hermano o hermana de comunidad o grupo, en fin, el otro.
A mayor atención, mayor amor y compromiso, mayor capacidad de vínculos de calidad, más sanos, más profundos.

Estar acelerados, desatentos, desconcentrados, abstraídos, aunque en silencio, superficializa los vínculos de tal forma, que lo único que podemos esperar, son relaciones funcionales y pragmáticas, pero no personales, humanas y cristianas. Son vínculos que en breve nos vuelven distantes.

Necesitamos ser una Iglesia atenta al otro. Para eso, hace falta escuchar al hermano totalmente concentrado en él, en ella, evitando todo tipo de distracciones: las externas, que nos hacen mirar para otro lado, o el celular, o con el cuerpo inquieto y ansioso; o las internas, pensar en otra cosa, o en lo que le voy a responder, o imaginarme otras situaciones, o programar lo que me queda del día.

Si no estamos atentos, si no aprendemos a escuchar con atención, posiblemente seremos una Iglesia y unas comunidades cuyo modo de vincularidad nos llevará también a un modo de vivir lo religioso, demasiados pendientes de nosotros mismos y no de Dios y de los hermanos.

La atención concreta al hermano me dispone a la atención amorosa de Dios y la atención total a Dios, me hace receptivo del otro y con deseos de relaciones profundas. Esto posibilitará que nuestra Iglesia tenga los mismos sentimientos que Cristo Jesús y sin darnos mucha cuenta, seremos sal, luz y levadura para nuestro mundo.

Pidámosle a la Virgen, que nos enseñe a crear ese clima necesario de silencio para tener un corazón que sepa escuchar al otro atentamente, que es una forma muy alta del amor.
Pidámosle a Ella ser una Iglesia a la escucha del Espíritu, de los otros y de la realidad.

2. Interés por lo que el otro me dice.

“Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: ¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. (Lc 1, 40-45)

Además de la atención, está el interés por lo que el otro me dice, es decir, hago mío lo del otro. No escucho selectivamente o desde mis maneras de pensar, mis criterios, mis ideas. Me abro de tal manera que incorporo lo que el otro me dice, que es una forma de incorporar al otro con toda su realidad, y no sólo sus palabras.

María escucha con atención y necesita inclinarse afectivamente sobre lo que el mensajero Gabriel le está comunicando de parte de Dios. Se interesa totalmente porque además, su vida, su presente y futuro, quedará marcado por ese encuentro y ese diálogo. Sabe que ese encuentro es importante, presta todo su interés.

Nosotros podemos seguramente recordar muchos momentos vividos con ese interés superior, situaciones que no dejamos pasar y que nos han cambiado la vida.

El Cántico de la Virgen (Lucas 1,46-56) está precedido de un encuentro lleno de cariño entre María e Isabel, que a su vez, está animado por el interés de María a servirla en sus necesidades de mujer adulta embarazada (Lucas 1,39-45). A la distancia, María es capaz de hacer suya la vida de Isabel, se interesa por ella. María es tan sensible, que la escucha sin que ella le hable. Es la escucha de los que se aman, que se ven y se reconocen y saben lo que piensan y sienten. Es una escucha silenciosa.

Necesitamos recuperar ese esencial interés por lo que el otro me dice, o me expresa de tantas maneras que es una forma excelente de recuperar al otro por lo que es en sí y no por lo que es para mí. Dicen que el lenguaje no verbal es el setenta por ciento de nuestra comunicación, por lo tanto, el que escucha con interés, además de escuchar al otro, lo “ve” y puede “sentir” con el otro.

Si aspiramos a ser una familia, una comunidad, un grupo, una Iglesia, una sociedad, capaz de alcanzar vínculos humanos y de calidad, está muy bueno y necesario inspirarnos en la Virgen Santa, que siendo la Madre del Señor, tiene tiempo de interesarse en el otro.

María de Luján no habla, recibe en silencio a los peregrinos y se interesa por ellos y nosotros sabemos que es así. María hace suya la vida de los peregrinos y en ese cruce de miradas silenciosas entre Ella en su pequeña imagen y ellos, está todo dicho. Es un milagro permanente el que nadie se vaya de nuestra Basílica sin experimentar que la Virgen se interesa por su vida.
Pidámosle a María ser una Iglesia atenta a toda persona, especialmente a las más necesitadas de amor, a los enfermos, a los débiles, frágiles, a los pobres.

3. Conversión personal y eclesial

“El Señor llamó a Samuel, y él respondió: Aquí estoy. Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy, porque me has llamado. Pero Elí le dijo: Yo no te llamé; vuelve a acostarte. Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una vez más. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy, porque me has llamado. Elí le respondió: Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte. Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy, porque me has llamado. Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha. Y Samuel fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel!. El respondió: Habla, porque tu servidor escucha”. (Primer Libro de Samuel 3,4-10)

La vocación de Samuel, comienza con este encuentro y diálogo con el Señor. A los primeros dos encuentros, Samuel responde con todo su ímpetu: Aquí estoy, porque me has llamado, pero el sacerdote Elí le va a enseñar a comunicarse con Dios y le instruirá diciéndole que su respuesta debe ser: Habla, Señor, porque tu servidor escucha.

Samuel debe pasar del protagonismo del “aquí estoy”, a la actitud llena de confianza en la Palabra del Señor, “habla Señor que yo que soy tu servidor, te escucho”.

En el fondo necesitamos convertirnos a una manera de comunicarnos con el mismo Dios y entre nosotros.

Cuando todo lo que vivimos en el día a día, nos empuja a creer que la solución de las cosas que me pasan, está en mí misma, en mí mismo; cuando nos creemos omnipotentes y aun con las mejores intenciones, no le estamos dando espacio para que el Otro que es Dios, o el otro que es mi hermano, hermana, entre en comunión y en comunicación. Mi “yo” ocupa todos los espacios y no hay posibilidades de encuentro, comunicación, diálogo.

Así, puedo estar interesado mucho más en lo que voy a responder, que en lo que el otro me quiere decir. Y lo que de esta manera logramos, es vivir en soledad, aislados o con vidas en paralelo. Nos pasa en el seno de la familia, entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos y también en nuestras comunidades.

Necesitamos hacer lo que hizo Samuel, gracias a la enseñanza de Elí, convertirnos a la escucha verdadera para poder comunicarnos y entrar en comunión autentica, sincera y vivir de otra manera.

Pasar del exceso de palabras y de palabreríos, al oído atento y un corazón que desea escuchar al otro, que es una forma elevada de incorporarlo, de unirme, de hacerlo carne y traerlo a mi interior. Entonces, el Otro, Dios, o el otro mi hermano, mi hermana, se convierten en valiosos para mi vida no porque me ayudan, o me favorecen, o me son útiles, sino por ellos mismos.
Cuando logramos escucharnos y mejorar nuestras maneras de comunicarnos, hay amistad, hay unión de corazones, hay concordia y así, es normal aceptar de buen grado las diferencias, que lejos de lastimarnos, nos enriquecen.

Necesitamos pedirle a María que nos ayude a convertirnos en personas y en una Iglesia que seamos como ella, discípulos del Señor al que escuchamos y con quien hablamos con toda confianza, libertad, verdad y autenticidad. “Hágase en nosotros según Tu Palabra”.

4. Caminamos hacia el Encuentro Arquidiocesano Extraordinario para Escucharnos

En la Carta Pastoral (n° 87-91), los convocaba a un Encuentro Arquidiocesano Extraordinario para ESCUCHARNOS.

Deseo que podamos prepararnos en cada comunidad, en cada zona, en cada grupo, para todos disponernos a una escucha atenta y con interés, por la historia y todo lo vivido en cada comunidad parroquial y grupo de nuestra Iglesia. Y lo deseo, porque creo que en esa escucha, podremos rápidamente entrar en sintonía con el Espíritu del Señor, para ser una Iglesia que camine según la Voluntad de Dios.

No pretendo un Encuentro para planificar actividades, no es un momento para pensar acciones pastorales, resolver problemas, discutir sobre alguna de las tantas cuestiones importantes de la vida de la Iglesia.

Es un Encuentro para escucharnos con total atención, gratuidad, interés, empatía, alegría, esperanza, y enorme fraternidad.

Les pido reservar el día sábado 19 de setiembre y desde el Consejo Diocesano de Pastoral, junto al Consejo Presbiteral, nos dirán todos los aspectos organizativos y nos irán acompañando y animando con una metodología que nos ayude a vivirlo en comunión y participación.

Preguntas para nuestro examen de conciencia cuaresmal.

Como esta Carta se las dirijo en este tiempo especial en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para hacer con Jesús la Pascua, es decir, también nosotros pasar de la muerte a la Vida, les dejo algunas preguntas como para ampliar el examen de conciencia que seguramente en esta época todos nos hacemos para celebrar una buena reconciliación con nuestro Dios y con nuestros hermanos.

Miremos a la Virgen y desde ella y con ella, preguntémonos:

- ¿Hago silencio? ¿Es bueno ese silencio, me hace bien y le hace bien a los que me rodean? ¿O es malo y me hace mal y hace mal?
- ¿Cómo es mi atención hacia el otro? ¿Lo escucho de verdad?
- Cuando estoy con otra persona ¿a qué estoy atenta, atento?
- ¿Genero climas para el diálogo, para el encuentro? Comidas familiares con el televisor. Atención al celular. Estoy pero no estoy. Escucho, pero no escucho.
- ¿Me interesa la vida de la otra persona? ¿Me preocupo por conocerla, conocer su historia, sus preocupaciones, sus alegrías, su vida?
- ¿Voy al encuentro del otro? ¿Dejo de hacer mis cosas para ir hacia el otro, interesarme por lo que le pasa, lo que necesita y darle una mano?
- ¿Cuál es el interés de mi comunidad? ¿Las personas, los logros, la plata, las obras, ninguno?
- ¿Qué debo hacer en concreto para escuchar mejor y comunicarme bien con los otros?
- ¿Respondo rápido, sin escuchar? ¿Pregunto para entender lo que el otro me dice? ¿Soy paciente?
- ¿Respeto al otro y a sus tiempos?
- ¿Hablo en y con la verdad, o necesito mentir, engañar?
- ¿Busco la fraternidad, o caigo en una manera individualista de vivir y me justifico?
- ¿Me quejo? ¿Me victimizo? ¿Me priorizo? ¿Soy el centro de todo y de todos?
- ¿Trato de vivir en la humildad?
- ¿Qué debo hacer para crecer en los vínculos para que sean sanos?
- ¿Cómo nos podemos preparar para el Encuentro Arquidiocesano Extraordinario para Escucharnos?

Que el mismo Dios y la Virgen los acompañen en esta Cuaresma y en la Pascua del Señor Jesús.

Les mando un abrazo fraterno, mi oración por ustedes y mi bendición.

También les pido que recuerden rezar por mí.

+ Jorge Eduardo
Arzobispo de Mercedes-Luján

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