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    Caperucita y el Lobo: “Mi mayor éxito teatral”

    Sebastián Cirillo es guitarrista en Rubbix y Prof. de Produccion y Analisis Musical, Acustica e Informatica y Medios Electroacusticos. EMATP en conservatorio de música de mercedes. Y en este relato evoca una experiencia de su niñez.
    18.04.2022 [+]

    Por Sebastián Cirillo

    A pedido de Gabi Battistini , les cuento la historia de mi mayor éxito teatral, que fue la obra “Caperucita y el Lobo” en la escuela N2

    No se en que grado estaba, supongo que cuarto o quinto grado y a una maestra se le ocurrió la idea de montar ese espectáculo.

    La participación era opcional, no todos se bancaban una exposición semejante, y cuando me enteré que la nena que me gustaba hacía el papel de Caperucita, pensé, esta es mi oportunidad! Si consigo el papel de lobo o de leñador podría intercambiar unas palabras con ella.

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    Yo confiaba que en el fondo, muy en el fondo, era un artista en potencia… Pasa que nadie más lo sabía porque era terriblemente introvertido, nunca sobresalía en nada y a veces era sencillamente invisible para los demás.

    Así fue que convencí a uno de mis mejores amigos a presentarnos al “Casting”.

    Cuando nos presentamos, la maestra nos miró con preocupación y desconfianza, como diciendo “¿que hago con estos dos?” y luego de analizar nuestras capacidades histriónicas nos dio un papel: “seriamos árboles en el fondo del decorado”. Si, las maestras podían ser muy crueles en ese entonces y nadie les discutía nada.

    Hay un dicho que dice “sé el protagonista de tu vida o serás un extra en la vida de los demas”. Bueno… ese día entendí que no iba a ser protagonista y ni siquiera extra. Éramos solo una parte de la escenografía!

    En fin, el atuendo consistía en una túnica marrón que hacía las veces de tronco y una rama de paraíso chamuscada que sosteníamos tapándonos la cara estratégicamente para aminorar la vergüenza.

    La frustración terminó cuando nos comentaron que en una escena los protagonistas se tenían que sentar a nuestros pies para tener una conversación. Eso fue realmente un consuélelo. Esos podían ser mis 15 minutos de fama y tenía que pensar alguna manera de llamar la atención o tener una excusa para hablarle a Caperucita, tipo: ¿estoy bien acá? ¿me muevo? ¿te hago mucha sombra?

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    Hubo unos pocos ensayos y llegó el día de la función. Ahí estábamos todos, y los árboles del bosque firmes aguantando toda la obra con elegancia. Se aproximaba la escena más esperada, Caperucita y el leñador se cruzaban en el bosque y se sentaban a nuestros pies.

    De repente mi amigo, el otro árbol, me hace señas y me chista, mientras yo intentaba entender que le pasaba, me susurra: “Flaco, me meo!”

    Inmediatamente comenzó a acercarse a mí, dando pasos cortitos pero rápidos sin dejar de mirar al frente, al mejor estilo del teatro clásico español. Me dio su rama para que se la sostenga y salió corriendo del escenario a los baños que estaban en el patio de abajo.

    Yo no sabía que hacer y los protagonistas miraban atónitos porque habían perdido una de sus referencias.

    La maestra les hacía señas para que se sienten igual, uno a cada lado mío, pero la distracción fue tal que no podían retomar el diálogo y ahí se me ocurrió una gran idea para salir del paso:

    En los cuentos, los árboles cobran vida e intentan atrapar a los personajes, así que empecé a agitar las ramas como una vedette del Maipo con sus plumas, golpeando a Caperucita y al leñador. El público se reía y aplaudía porque pesaban que todo eso era un paso de comedía, una parte del acto.

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    Mientras hacía mi número compenetrado veo que el otro árbol intentaba volver al escenario y la maestra pretendía detenerlo. Pero él quería volver a su puesto y recuperar su rama, así que esquivó hábilmente a la vieja bruja que aparecio en escena persiguiéndolo. La ovación era cada vez más grande.

    Después de todo ese alboroto la obra continuó con normalidad pero a la hora del cierre los árboles fuimos los más aplaudidos del espectáculo.

    La nena que hacía de Caperucita se acercó a mi, y por un momento pensé “me va a felicitar por la actuación”, pero no… me miró con una cara de odio tremenda y el clásico gesto mordiéndose el labio inferior y me dijo: “Que hambre nene! Arruinaron toda la obra”.

    Ni siquiera ese rechazo, ni los retos de la maestra que nos dijo que nunca más íbamos a actuar en nuestra vida pudieron opacar la felicidad de los aplausos y la aprobación del público.

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    Por eso, nunca pienses que por estar en una posición desfavorable o no estar en tu puesto soñado no podes destacarte y mostrar todo tu potencial creativo.

    Es cierto, no volvimos a actuar nunca más en el colegio, pero cuando fuimos mas grandes tuvimos una banda. El éxito es así, viene y va… y los artistas más “interesantes” siempre seremos incomprendidos.

    Sebastian Cirillo es guitarrista en Rubbix y Prof. de Produccion y Analisis Musical, Acustica e Informatica y Medios Electroacusticos.

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