Mientras el kirchnerismo se desvela por Maduro, Delcy Rodríguez abre el diálogo con Trump

La detención de Nicolás Maduro provocó una reacción inmediata en sectores del kirchnerismo argentino, que salieron a condenar el episodio con un discurso conocido, centrado en la denuncia de una violación a la soberanía y en la crítica al rol de Estados Unidos en la región. Comunicados, mensajes en redes y declaraciones públicas insistieron en la idea de una avanzada externa y en la necesidad de cerrar filas frente a lo que definieron como una intervención inadmisible.

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Sin embargo, mientras en Argentina se multiplicaban los pronunciamientos, en Caracas comenzó a delinearse un escenario distinto. La vicepresidenta y presidenta encargada, Delcy Rodríguez, eligió un camino menos confrontativo y dejó explícita la intención de abrir una agenda de diálogo con Washington. El mensaje, medido y sin estridencias, apuntó a recomponer relaciones bilaterales y a explorar mecanismos de cooperación en un contexto de profunda fragilidad económica y política.
Rodríguez evitó el tono épico que caracterizó durante años al chavismo duro. No habló de enemigos históricos ni de resistencias heroicas. Habló de estabilidad, de institucionalidad y de la necesidad de recuperar canales formales con Estados Unidos. En los hechos, el nuevo liderazgo venezolano pareció asumir que el aislamiento prolongado dejó de ser una estrategia sostenible.
El contraste con las reacciones del kirchnerismo fue inmediato. La expresidente Cristina Kirchner utilizó sus redes sociales para cuestionar con dureza lo ocurrido. Denunció una acción ilegal, alertó sobre una nueva avanzada norteamericana en América Latina y volvió a instalar el concepto de persecución política contra gobiernos no alineados con Washington, sin hacer matices sobre la situación interna venezolana ni sobre el giro que comenzaba a mostrar su conducción provisional.

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En la misma sintonía se expresó el gobernador bonaerense Axel Kicillof. Calificó el episodio como una violación al derecho internacional, cuestionó el rol histórico de Estados Unidos en la región y reivindicó el principio de autodeterminación de los pueblos. Sus declaraciones reforzaron la postura del núcleo duro kirchnerista, que optó por una defensa cerrada de Maduro incluso después de su caída.
Mientras tanto, en Venezuela el mensaje oficial avanzaba en otra dirección. La posibilidad de entablar un diálogo con la administración de Donald Trump, lejos de generar un rechazo automático, fue presentada como una oportunidad para estabilizar la transición y aliviar la presión externa. Un giro que, hasta hace poco, habría resultado impensado para el discurso chavista tradicional.
La paradoja es evidente. Desde Argentina, algunos dirigentes parecen hablarle más a su propia base política que a la realidad venezolana. Desde Caracas, en cambio, el poder efectivo parece leer con mayor crudeza el nuevo escenario internacional y actuar en consecuencia. No se trata de afinidades ideológicas, sino de una lectura pragmática del poder y de las urgencias de un país en crisis.
El caso venezolano vuelve a dejar una enseñanza incómoda para la política regional. La épica resiste mientras no choca con los límites de la realidad. Cuando eso ocurre, los discursos suelen quedar anclados en el pasado, mientras las decisiones se toman mirando hacia adelante.

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