¿Qué hubiese dicho Hebe sobre Venezuela, Cuba y la injerencia extranjera que algunos siguen prefiriendo no ver?

Los acontecimientos recientes en Venezuela expusieron algo más profundo que un cambio de poder. La extracción de Nicolás Maduro, el anuncio de liberaciones de presos políticos y la confirmación de que su seguridad estaba integrada por personal cubano abatido durante el operativo dejaron a la vista una verdad incómoda: la injerencia extranjera existía desde antes, pero no siempre se la nombra como tal.
Treinta y dos custodios cubanos murieron protegiendo al jefe del régimen venezolano. No eran asesores, ni técnicos, ni invitados diplomáticos. Custodiaban armados al presidente de otro país. En cualquier otro contexto, ese dato habría provocado escándalo, denuncias por violación de la soberanía y discursos inflamados sobre intervención extranjera. Esta vez, el silencio fue elocuente.

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Ahí es donde reaparece una mirada que durante años tuvo voz, micrófono y aplausos. Hebe de Bonafini defendió de manera explícita y sin matices a los gobiernos de Venezuela y Cuba. No lo hizo con ambigüedades ni prudencia diplomática. Los defendió negando la existencia de presos políticos, relativizando denuncias de violaciones a los derechos humanos y justificando cualquier deriva autoritaria en nombre de la lucha contra el imperialismo.
Para Hebe, Venezuela no era una dictadura sino un país agredido. Cuba no era un régimen cerrado sino una revolución asediada. Y todo lo que ocurriera dentro de esos países debía leerse bajo esa clave. Si había represión, era defensa. Si había presos, eran enemigos. Si había influencia extranjera, nunca era injerencia mientras proviniera de un gobierno amigo.
Esa lógica explica por qué la presencia cubana en el corazón del poder venezolano fue durante años negada o minimizada. Hablar de agentes cubanos custodiando a Maduro era considerado una operación mediática. Hoy, los hechos lo confirmaron sin necesidad de editoriales ni interpretaciones forzadas. La diferencia es que ahora ya no se puede esconder detrás de consignas.
El anuncio de liberaciones de presos políticos terminó de cerrar el círculo. Durante años se sostuvo que no existían detenidos por razones políticas. De pronto, aparecen gestos de excarcelación y reconocimientos implícitos. No por un cambio ideológico, sino porque el escenario se volvió insostenible.

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Hebe defendía estos regímenes porque creía en una causa superior. Para ella, los derechos humanos no eran universales, sino parte de una disputa política. Esa postura fue coherente, explícita y nunca disimulada. El problema es que hoy, con custodios extranjeros muertos, presos liberados y alianzas expuestas, esa defensa quedaría atrapada en sus propias contradicciones.
La ironía es inevitable. Si los custodios abatidos hubieran sido estadounidenses, la palabra injerencia estaría escrita en letras gigantes. Si hubieran sido europeos, se hablaría de colonialismo. Pero eran cubanos. Entonces, para muchos, no pasó nada.
Venezuela inicia una etapa incierta y Cuba queda expuesta como actor directo en los asuntos internos de otro país. En ese espejo, la defensa que Hebe de Bonafini hizo durante años de estos regímenes no aparece como una anécdota del pasado, sino como la expresión más clara de una doble vara que todavía hoy algunos se resisten a abandonar.

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